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  • Vago Flores

Quería el di

Soy un pinche hipócrita.


To’el tiempo te estoy contando de cuántas horas me mato trabajando, la planeación que implica, cómo esto es cosa seria. A pesar de que la semana pasada me chuté un silencio programado y “tuve más tiempo”, ¿sabes qué? Hoy lo mandé a la chingada.


Con los güevos en mi mano, dije “Chingue su madre, y lo que salga”. ¿Cómo voy? La cosa es que llevo ya unas cuantas semanas yendo al Starbucks todos los viernes de seis a ocho. Por lo común aprovecho ese “descanso” pa’ seguir puliendo detalles de Flores de la vida [¿Qué te pareció el título de la antología?]. El pedo es que mi último viernes, dado que ya estamos en semáforo amarillo en la Cedemex, el Starbucks estaba hasta el culo. Encontré lugar en un rincón alejado y aproveché.


Peee-ero —porque, claro que hay un pero en mi vagancias—, en la mesa del lado, estaban tres morillos, un güey y dos chavas.


—Se los juro, no mamen; las traigo co mo quie ro —, no necesité verlo pa’ saber que sería un pendejito de mocasines, camisa a tres botones, peinado de plástico—. O sea, la otra noche una de las exes me marcó por videollamada a las once y media. Once y media. Tipo que ya era tarde, ¿sabes? ¿Quién marca a esa hora?


TODO EL PUTO MUNDO, PENDEJO. NO ES TARDE.


¿Por qué chingados olvidé mis audífonos, carajo? Le presté atención al jazz de fondo y me clavé con mi libreta. ¿No te había dicho que soy vieja escuela? Lo que publico, primero pasa por mi tinta y mis calambres de muñeca.


El caso es que me clavé en mi pedo, pero este cabrón no se callaba, y las morritas sólo le aplaudían como foquitas entrenadas:


—Claro que se hizo pendeja y me dijo que fue por error. No mames, error. Quería di.


Di, puñetas. Mejor di, pero la neta: ¡llevas dieciocho o cuantos años tengas célibe! Pero no iba a armar una escena en un pu to Starbucks, ‘mames… Ya estoy muy viejo pa’esas mamadas. En cuanto se desocupó otra mesa, me pelé a la chingada.


Aunque su voz seguía como mollote en noche de verano, al menos me pude concentrar enlo mío. Dos horas después, hasta lo olvidé; guardé mis cosas, tiré el vasito y arre. Pero, los mocosos estaban de camino a la salida. Con el mismo tono castrante y soberbio:


—No, neta, cuando quieras saber cómo se siente llegar al clímax, yo te enseño…


Te juro… Neta te juro que hace unos años no lo hubiera bajado de pendejo ahí mismo. Ahora sólo lo hago en la privacidad de mi blog. Sólo tú y yo.


Las chamacas volvieron a reír, más forzado que antes. Miré a la que estaba frente a mí. No tengo cara amigable, pero, aún así, sonreí y ella a mí. No por burla a ese güey. Sólo una sonrisa en la que me vi hace unos años. Tantas pendejadas que escuché en su momento. ¡Tantas que dije, puta madre! Pero ese viernes, sólo fui un pendejo que pudo sonreír ante lo que me caga, con calma…


 

¿Creíste que ahí lo dejaría? No mames, no. Pero ni grité, ni lo hice menos. Prendí un cigarro en la banqueta y le hablé… como persona.


No me escuchó, claro. ¿Quién escucha a esa edad? Pero, tampoco es mi pedo educarlo ni reprimirlo. Mi pedo es decir lo que tengo que decir y seguir con lo mío.


Vago, ¿qué chingados tiene que ver esta dívague to’a pinche con que seas un hipócrita?

Nada. Pero te advertí que hoy no me senté a planear. Se trata de ver qué salía y de dejar que las palabras fluyan. He aquí el resultado: mi vagoaventura de la semana pasada y la realización de que, al parecer, ya no soy un vago. No como antes.


Aún así, el nombre se queda. Lo llevo con orgullo, chinga’.

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No todo lo que escribo es seda.

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