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  • Vago Flores

A partir de las cenizas

Esto es un mero recuento de un hilo de Twitter. Un hilo al que, quizá, no le debí entrar. Con esto no quiero decir que me arrepiento. Si me estás leyendo, si eres mexicano, si tienes sentido de las problemáticas sociales de este país, no eres ajeno a la violencia de género que nos rodea. Ante ésta, no encuentro más sentir que el encabronamiento y la indignación.

No acostumbro tocar este tema en redes sociales, no cuando el diálogo es casi imposible, y no lo hago por varias razones. En primera, porque es absurdo: las redes han creado un cáncer en la sociedad, empoderan a las personas y otorgan una falsa sensación de superioridad, mayor aun de la que la mayoría de idiotas ya tienen. Más importante, porque el que yo hable dle movimiento feminista, de México o de donde sea, sería desvirtuarlo, pues, no me he dado el tiempo de estudiarlo a fondo, porque no quiero protagonismo en éste y porque hay personas más aptas para hablar de él. Aún así, hago el esfuerzo por mantenerme informado, por aprender y, cómo chingados no, por escuchar. La última es porque no es mi lugar. Lo que tenga que decir, aportar o hacer de este tema o del que sea, lo hago desde mi oficio. Soy escritor, no político, activista, sociólogo, catedrático…

 

Pero, bueno, a lo que iba… Transcribo algunas ideas de mi hilo aquí, porque, igual que cuando publiqué el original, creo que es importante cerrar hocicos. Sólo que en este medio tengo la libertad y comodidad de expandirme en varios puntos.

El caso es que un güey opinó respecto a la última marcha feminista —la del 24.11.19—, marcha en la que varias mujeres tomaron la decisión disruptiva de vandalizar algunos monumentos de la CDMX; publicó, precisamente, que no está bien vandalizar, que violencia no se combate con violencia, que sí tienen el derecho a manifestarse, pero de manera pacífica, pues, esto es el ejemplo que deben ser para el país que queremos lograr. [Esto lo escribí con el tuit original a lado para no tergiversar ni una palabra de lo publicado.]

A esto, se le sumó otro cabrón rematando que hay ejemplos visibles de esto, tales como en mi tierra caliente, Chihuahua, con el plebiscito estatal para desaprobar una iniciativa de gobierno —tema irrelevante para esto—. El caso es que una joven se sumó para darle un periodicazo al segundo güey, y ésta vez sí cito porque me cagué de la risa:

“Ya cállate. No hagas que me avergüence de haber andado contigo”.

¿Por qué me cagué de la risa? Muy simple: me dio gusto porque se lo buscó; fue inesperado, y es un ejemplo claro de lo que quiero en la sociedad: personas que no temen evidenciar al que está en error, al que habla por hablar.

El problema es que no nos damos cuenta de que la sociedad virtual nos provee de un gran privilegio —digo, al chile, por eso tú, desconocido, me puedes leer en este momento, en el contexto ue sea que te encuentres—, pero también es un pinche vicio. Estoy hasta la chingada de que se confunda la libertad de expresión con el libertinaje; de esa pinche creencia de que, como “puedo decir lo que quiera”, está bien decirlo; de que cada cabeza es un mundo; de que “Oye, respétame, vago; tengo derecho a opinar”. No. La sociedad real no funciona así. Las redes sociales generan una libertad sin consecuencias. En cualquier momento yo puedo expresar lo que se me antoje sin esperar que me partan la madre, que me pongan en mi lugar o, mejor aún, sin que se genere un diálogo del cual los dos peludos puedan aprender. Vivimos en una pinche burbuja de cristal, y déjame decirte que aunque “cada cabeza sea un mundo”, tampoco es como que haya muchos planetas fértiles allá afuera.

Total que, ante mi burla, se dudó de mí, pues, “me creían alguien de paz”. Se equivocaron. Soy violento, disruptivo, vulgar; soy alguien encabronado con el mundo que me tocó y estoy encabronado porque, precisamente, se nos priva de paz. ¿Cómo esperan que se apela a medios “pacíficos” cuando ésta no existe? Es absurdo. Incluso los actos pasivos en los que estas personas, estos detractores, puedan pensar —y digo “pasivos” sin un afán peyorativo, sino meramente como lo que es: la innacción—, son violentos en sí mismos. ¿Qué más violento que un monje incinerándose en plena vialidad, en Saigón, con tal de protestar por su causa? ¿O les recuerdo a aquel hombre que le hizo frente a los tanques en Tiananmen, el famoso “Tank Man”? Ya ni para qué menciono a cierta figura —ficticia o no— que se dejó crucificar… El simple hecho de marchar “pacíficamente” es violento, ¿o acaso no se violenta mi derecho a transitar libremente? Pero, ¿qué crees? Me vale madres si es por una causa, si es con un propósito. Tenemos que ser consecuentes y congruentes. No importa que sea violento, pues las protestas son encabezadas por víctimas de la violencia. Nadie cómodo sale a protestar, chingadamadre; estamos tan acostumbrados a nuestro confórt que deseamos que las personas se hagan como nosotros queremos, con puchero y la chingada.

Ya estamos grandes, como sociedad histórica y como individuos. ¿Con qué cara y desde qué punto de soberbia, los privilegiados le vamos a decir a las víctimas, a los agredidos, sometidos, humillados, muertos y olvidados, qué sentir y cómo reaccionar? Se tiene que ser o muy pendejo o muy engreído para caer en juicios de lo que no se tiene ni experiencia ni conocimiento de causa. Es hora de que nos responsabilicemos de nuestras palabras y de nuestros privilegios. Poco se discute de la obligación a callar, pero, hay que admitirlo, el silencio es un arma de dos filos. Arma que, convenientemente, sólo beneficia a unos cuantos:

“Que la mujer aprenda calladamente, con toda obediencia. Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permaneza callada. Porque Adán fue creado primero, después Eva. Y Adán no fue el engañado, sino que la mujer, siendo engañada completamente, cayó en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permanece en fe, amor y santidad, con modestia” [1 Timoteo 2:12-15]”.

No es coincidencia que las muejres sean de los principales grupos violentados. Se nos ha enseñado desde nuestra cultura occidental que deben ser calladas y modestas, pues son menos; en ello recae su virtud. Durante milenios nos han amedrentado, a hombres y mujeres por igual, con cómo debemos ver el mundo, sólo a partir de una serie de reglas arbitrarias, impuestas por y para la comodidad y el beneficio de unos cuántos. Carajo, cuestionémosnos el mundo en silencio. ¿Por qué creo lo que creo? ¿Por qué actúo como actúo? Una vez que tengamos la respuesta, cuestionemos de nuevo. La única puta obligación que tenemos es la de ser, y la única forma de ser es a través del conocimiento propio. No seamos güevones ni tibios, putamadre. Quitémosnos estos chingados prejuicios sensacionalistas de cómo debe funcionar la sociedad.

Entonces, sí, cuestionémosnos en silencio y ya después actuemos a punta del grito de guerra.

Lo dije en mi publicación original y lo repito aquí: “Lastmiados, heridos y olvidades, ustedes quiebren, gritn, quemen o hagan lo que se les hinche la chingada gana, pero siempre cuestionándose, siempre apelando por el bienestar de los demás. Esto con tal de destruir el mundo de la verga en el que vivimos. Ya después, entre los que quedemos, nos encargamos de crear y construir uno mejor a partir de las cenizas”.

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No todo lo que escribo es seda.

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