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  • Vago Flores

A pecho abierto

Se embriaga de la esencia de Cecilia, como de un trago amargo de coñac. Absorbe la fragancia, ahoga sus pulmones hasta que tiene que inhalar a bocabierta.

También la escucha. Escucha sus ronquidos que ella jura que no existen. Qué te pasa, le cuestionaría enojada en broma, claro que no ronco, idiota. Junto a él están todas las pruebas que necesita: resoplidos dulces y pasajeros, al mismo ritmo cada vez.

La lámpara sobre la mesa de noche alumbra la silueta de la joven. Intenta contar cuántas veces se han encontrado en esa habitación, cuántas veces se ha quedado embelesado con el hilo de luz que rodea la figura de Cecilia en las mañanas. Lo distrae su respiración.

Inhala, exhala, en un movimiento. Las imágenes fluyen con ella, el mismo ritmo. Los cree uno. Son uno. Se vacía…

El rostro de Cecilia se nubla, el halo de luz. Alfredo descubre lágrimas corriendo a lo largo de su propio rostro. Desconcertado, intenta secarlas con la palma de la mano; siguen fluyendo.

Se aleja. En cualquier momento la despertará. Gira en la cama, prefiere darle la espalda; prefiere que no se dé cuenta, a robarle el sueño.

Se estremece de frío y de súbita tristeza. Clausura los ojos y restriega el talón de las manos contra ellos. Aferra su quijada, desesperado.

Qué ocurre, se cuestiona, Por qué me siento tan…

Al fondo de la habitación, en un rincón, debajo del clóset, descubre un vacío. Las lágrimas se detienen tan repentinas como empezaron.

Entrecierra los ojos para distinguir mejor lo que ve: una borrosa mancha café…

El brazo de Cecilia cae pesado sobre sus costillas. Se retuerce ante el ardor. Apenas una punzada que contrae la piel a lo largo del torso.

Así es su calidez, recuerda.

Vuelve a acomodarse bocarriba en el colchón y, de reojo, inspecciona la marca que deja el brazo de su amante. Apenas unos hilos de humo se desprenden de la piel. Escucha el siseo de la cocción.

Así es su calidez.

Gira la cabeza, avergonzado. Busca de nuevo la mancha del rincón. Cual animal herido, advierte un zapato. Empolvado y con las agujetas descuidadas, lo distingue suyo.

Busca alrededor el par; no lo ve en ninguna parte.

Con cuidado, se apoya sobre la cadera para apreciar mejor la habitación. Ignora la crepitación constante de su piel, pero su oído se mantien atento a la respiración de Cecilia.

No está el segundo zapato en ningún lado. Se fija sobre el tapete, a un lado de las maletas, sobre la televisión…

Quizá esté adentro del clóset, piensa, o en el baño.

La punta de sus yemas sostiene delicado el brazo de Cecilia. A pesar del ardor, no lo suelta. Sólo tiene que levantarlo un momento, soportar hasta que pueda escabullirse de la cama.

Se fija en el halo alrededor de Cecilia, el fuego que la rodea y la abrasa. La calma con la que duerme. No tiene idea de qué ocurre, del fuego, del dolor.

Duda en seguir elevando el brazo, en escapar. Le causa gracia lo distraída que puede ser, lo serena que duerme…

Sólo será un momento, se convence. Pero Cecilia resopla.

Sin aviso se desprende de los dedos de Alfredo y acomoda la cabeza sobre su pecho. Restriega la mejila contra la piel, sonriendo. Alfredo siente cómo se derrite contra ella, cómo se aferra como mantequilla. El ruido replica alrededor de la habitación, el humo lo ahoga, el pútrido olor es nauseabundo.

Dagas se abren paso a través de la sangre. Recorren cada rincón del cuerpo. Desgarran sus músculos, tendones; su calma.

Toma la almohada y muerde. Muerde fuerte para ahogar el sufrimiento, que no se escuche lo que proviene desde adentro, que no se sepa, que no la despierte.

Anhela mantener sus sueños intactos.

Siente los dedos adormecidos. La mirada se apaga poco a poco. El aliento se escapa.

Envidia la calma de Cecilia. Suspira. Ya no puede mantener los ojos abiertos. No, no, no…, niega para sí. No.

De un movimiento, arranca la piel. La deja colgando en la mejilla de la joven. Rueda hasta el piso y cae mudo contra el tapete. Rueda de un lado a otro. No imaginó que dolería tanto, que fuera a ser peor que antes. Intenta extirpar el infierno con las uñas. Sólo empeora.

Aún así, mantiene los labios sellados.

El tapete empeora la sensación. Pedazos de carne se desprenden. La suciedad y el polvo se abren paso entre las fibras de su herida.

Corre hasta el baño tan silencioso como puede. Abre la llave y arroja toda el agua contra el pecho.

El ruido de carne friéndose cesa. El dolor cesa. Todo el pasado se le escurre de los hombros y del pecho. Cesa. Puede respirar.

Incrédulo, se deja caer sobre el borde de la tina. Deja que las lágrimas y el sollozo fluyan por su cuenta, sin trabas ni horcas. Ríe satisfecho.

Tullido, sale del baño y se reclina contra el clóset. Debajo del polvo y el olvido, el zapato es café claro, casi del color de las costillas. El tiempo royó las agujetas, ya no sirven. De un jalón de dientes, las arranca por completo. Palmea el zapato delicado, para no lastimarlo, y lo acomoda junto a la puerta de la habitación.

Regresa de puntas, descalzo, hasta la cama. Cecilia aún duerme apacible sobre la mancha de sangre.

Él se apoya en el colchón para tomar los pantalones que dejó la noche anterior. Deja la camisa en el piso. No la va a necesitar. También se abrocha el cinturón.

Apenas puede moverse, pero llega a la puerta. Al calarlo, el zapato le queda grande. No le importa. El tiempo lo acomodará.

Abre paso a su salida y, con el pecho desnudo y el caminar torcido, se marcha sin mirar atras.

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No todo lo que escribo es seda.

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