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  • Vago Flores

Dalia negra

Pobrecita, no tiene ni idea…


Sale de la biblioteca tarde, como siempre, las luces de la calle serpentean en su mirada asustadiza, ella se aferra a la falda del suéter y muerde el interior de sus cachetes. Tiembla.


¿Hoy hace más frío, no?


Cállate. Me desconcentras y tenemos que estar al pendiente.


Cierto… Cierto…


Toma la misma ruta que siempre. Bien, su madre la conoce de memoria. Siempre debajo de un faro, bien, bien… No, no quieras ahorrar tiempo, ¿para qué? Sigue derecho hasta la parada del camión. Has escuchado las noticias, has escuchado las historias, te lo han advertido en la computadora. No le hagas caso a tus amigas; siempre te comentan sonrientes que tú no tienes de qué preocuparte, Dalia querida, que quién se va a andar fijando en una bibliotecaria como tú, que esas cosas sólo le pasan a las cualquieras.


Pero aún así, tú camina a la defensiva, Dalia, con tus llaves entre los dedos, desconfía de cada sombra, mantente fiera. La sonrisa es para las débiles.


Ay, pero ¿por qué le dices todas esas cosas a mi Dali? Que no ves que ya está suficientemente asustada sin que le andes metiendo ideas en su cabeza.


Que te calles, no me andes distrayen- ¿Dónde está? DÓNDE ESTÁ, DALIA.


No puede ser. No, no, no… ¿Dónde está mi niña?


Fíjate detrás de los arbustos, yo busc- ¿Escuchaste? ¿Qué es eso?


El callejón…


Al fondo, devorada por las sombras, Dalia se retuerce por su vida, grita por auxilio, pero nadie la escucha, nadie más que nosotras… El hombre la somete contra el concreto y la mierda de los charcos, ensucia su ropa, su suéter, escupe entre gemidos de placer, sin articular palabra. Sólo eso, gemidos animales, de una bestia que no quiere más que saciar sus más básicos deseos.


Haz algo. Ayuda a nuestra Dalia, por favor, no te quedes ahí, ¿qué no ves que no puede moverse? Que ese puerco la está lastimando. La está lastimando, por favor.


Te escuchamos, querida… Sentimos tu dolor, lo vivimos. Olemos su repugnante aroma encima de ti. Acaricia tus senos con una mano, mientras te sostiene con la otra. No puedes quitarlo de encima, por más que intentas, lo sé… Es imposible detenerlo mientras deja tu cuerpo y se enfoca en el suyo. Abre el cierre de su pantalón, saca su pene. Lo sujeta frente a ti, presumiéndolo, como dulce a un niño. Te ordena que lo veas. ¿Lo quieres probar, putita?, te pregunta.


Lo quiero muerto, una muerte lenta, dolorosa…


Yo también. Dalia también. Aleja la mirada, se fija en el cielo nublado, sin luna y sin estrellas. Nunca quisiste creer que fuera posible, que te pasaría a ti; por más que estuvieras lista, alerta, no tendrías por qué terminar en un callejón sucio, implorando por tu vida, pateando hasta que un extraño se apiade de ti, suplicando no morir ahí, mientras él, el puerco, baja tus calzones y te penetra… Lo sabemos. Pero no te rindas, sigue gritando, sigue moviéndote, no dejes que le sea fá-


¡Muérdelo! ¡Muérdelo con todas tus fuerzas, Dali! Muérdelo hasta que se desangre como cerdo en matadero. ¡Mátalo, Dali!


¿Acaso…? Te escuchó. Dalia te escuchó. Mira a nuestra fierecilla, ¡lo está mordiendo! Mira como se aferra a su tráquea sin piedad, sacude desesperada, cual perra rabiosa. Le clava las uñas en el pecho y ¡rasga! ¡Rasga, Dalia!


¡Cuánta sangre!


Se aferra al cabello del puerco para que no logre separarse de ella. Ahora quién tiene miedo, maldito. Quién.


No se mueve…


Dalia está sobre su cuerpo. Lo araña con la poca fuerza que le queda. La adrenalina de su cuerpo termina de consumirse. Las gotas frías de sudor corren a lo largo de su espalda. Se da cuenta de la noche que la rodea, que nadie escuchó nada, que está sola. Es tarde. Es hora de volver a casa, su madre debe de estar preocupada.


Acomoda su suéter e intenta borrar las manchas de sangre. No salen. Ni saldrán con la mano, mijita, pero al menos estás bien.


Cállate, ¿qué no ves? Dalia se deja caer a un lado del puerco, llorando. Las lágrimas arremeten contra el concreto. Observa sus manos, las uñas, el charco que la rodea. El sabor metálico golpea su paladar. A tientas, busca el cuerpo aún tibio frente a ella, palpa su rostro ceboso, los labios que ya no sonríen. Desciende un poco, hasta llegar al cuello y se cerciora del pulso. Está viva y él no. Está viva porque él no. Se levanta pasmada, camina hasta la banqueta, donde el puerco se la llevo. Regresa la mirada hacia el cadáver…


… y sonríe. Pobrecito, no tenía ni idea.

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No todo lo que escribo es seda.

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