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  • Vago Flores

Feroz

Los ladridos retumbaban desde el patio. El tazón de Garra llevaba vacío desde el día anterior.

El pequeño Teo sólo subió el volumen de la tableta. El niño demonio de la caricatura estaba por entrar a un portal que lo llevaría a otro planeta por salvar. Dio el último paso cuando escuchó una ronca voz:

—¿Pues que no escuchas a la perra ladrando? —sin aviso, Doña Paca le quitó los audífonos.

—Mamá-Paca, espérate —la señora lo observaba desde lo alto. Su mirada se fijó en él como la presa que era. El cielo se nubló, el viento golpeaba las ventanas. Los ladridos eran cada vez más profundos.

—¿Qué pasa? —con la presencia de Lucila, se iluminó la habitación—. ¿Por qué pelean?

Doña Paca delató a Teo; le aseguró a la madre que era un flojo, un buenoparanada, idéntico a su padre…

—Ay, mamá, no empieces. Teo te promete que le va a dar de comer a Garra y que va a limpiar toda la estancia, ¿no es así? —Teo la observó incrédulo, pero no podía decirle que no. Le aseguró que en cuanto acabara ese capítulo le daría de comer a la perra y limpiaría la estancia—. ¿Ves, ‘má?

Lucila recordó que tenía que salir corriendo. Su doble turno empezaba pronto y no podía llegar tarde otra vez.

—Vete con cuidado, mi cielo —Doña Paca estaba inquieta a pesar de la promesa de Teo. Se despidió de su hija con un beso.

Después de que salió, se estremeció al escuchar la puerta de aluminio cerrarse detrás de ella. Lucila la azotó una vez más, pues nunca cerraba bien. Al menos Garra se calló un momento mientras seguía a la mujer hasta la reja para salir.

—Entonces, ¿acabándose los monitos limpias?

—Sí, abue… —resopló en cuanto escuchó “monitos”. Ya le había explicado cientos de veces que no eran ni monitos ni dibujitos. Demokid era arte.

—¿Cuánto tarda?

—Ay, no sé… ¿Como cuarenta minutos? Ahorita limpio.

—Y le das de comer a Garra. Ya sabes cómo se pone —, el niño le dio la razón para que se callara. Volvió a ponerse los audífonos, se recostó sobre su panza cual almohada y acercó un Gatorade de fresa. Cual eco de otro mundo, la escuchó seguir con la lista de deberes: barres y alzas tu cama y arregla la puerta de una buena vez, que un día de estos se va a meter la perra y ya sabes cómo me pongo con ella. Sólo un eco.

Doña Paca salió suspicaz de la estancia, a pesar de que el niño dijo que lo haría. Había mucho por limpiar. No le gustaba que su hija regresara del trabajo para encontrar la casa toda sucia. Tampoco que el chamaco no hiciera su parte. La perra seguía ladrando. Al llegar a la cocina, se quedó observando el costal de croquetas. Sería tan fácil llenar una taza y echárselas desde la ventana, pensó, pero la sola idea de estar cerca del ainimal… Se dispuso a limpiar la cocina e ignorar los aullidos de Garra.


 

El patio era, más que nada, un lote baldío. Las aves no se atrevían a detener su vuelo en ese árido pedazo de tierra. El pasto tampoco crecía. Debajo de la única sombra, provista por un gran árbol deshojado, algunos huesos reposaban desquebrajados. Sus grietas denotaban el paso de los años.

Se escuchaba el rechinar de un columpio oxidado y… su respiración. Una figura se postró sobre los huesos. Los olfateó con desdén antes de abandonarlos.


 

—Ya estuvo bueno, Teófilo. A trabajar —Doña Paca esperó suficiente. Pasaron más de tres horas y Teo seguía pegado a la pantalla. Junto a él estaba una tercera botella de Gatorade—. ¿Para eso sí tienes tiempo? Órale.

Demokid no había terminado su misión. Aún no derrocaba a la reina de los zombis. Blandió la espada una vez más y…

—Que ya estuvo bueno —Doña Paca le arrancó los audífonos de un movimiento—. ¿No me oístes?

Teo la oyó perfecto, estupefacto ante lo que acababa de ocurrir, boquiabierto. Sus manos temblaban desesperadas. Los ladridos de Garra retumbaban con los latidos de su corazón. Cada embestida contra la puerta tronaba a lo largo del pasillo. La bestia estaba hambrienta, Teo se mantuvo en silencio.

—’Ámonos. A darle, mi’jito —la señora le tendió una escoba. Inspeccionó la habitación y sondeó por dónde empezar. La mano se quedó alzada; confundida miró de nuevo al niño. La retaba a que diera otro paso—. No tengo tiempo para esto, Teófilo.

Sin su permiso, tomó la tableta.

En un alarido, Teo se lanzó contra ella. Los dos sujetaban el aparato, forcejeando. Las manos se alzaban sobre sus cabezas. De un lado a otro, violentas. Los ladridos tronaban. Los cuerpos chocaron. La batalla terminó cuando reventó el cristal contra el concreto.

Los brazos del niño se contrajeron en un acto impulsivo de dolor. La tableta, Demokid, quedaron en añicos esparcidos por el suelo. Su aventura había terminado.

Doña Paca no se contuvo ni un momento más. Inquieta, empezó a recoger los fragmentos de la pantalla.

—No —Teo la empujó con ambas manos, la quitó del camino. Las yemas de los dedos deslizaban los pedazos del cristal, como si uniéndolos fueran a proyectar la caricatura de nuevo. No, no, no, no…, suplicaba.

Junto a él, el desasosiego de la abuela la distrajo de revisar sus manos tras la caída. Poco a poco, el piso se manchaba. No era demasiada, pero la sangre brillaba con la poca luz que se introducía entre las cortinas. Doña Paca abrió los labios.

—Es tu culpa. Todo es tu culpa. Tu culpa. Tu culpa —la voz del niño se desquebrajaba con cada palabra.

Las lágrimas de la señora se deslizaron mudas. Les era imposible encontrar refugio de la ira de Teo.

—¿Esto? ¿Esto es lo que querías? —le interrogaba mientras caminaba con los brazos abiertos, desafiantes, como las alas de un gallo. Teo se perdió a través de las sombras del pasillo, su voz, sus chillidos fueron engullidos por los de Garra.

Una punzada en el brazo le gritó a Paca por atención. Gradualmente, la mujer tornó la cabeza hacia la sangre. Los dedos se estremecían torpes. Sus manos no eran suyas, sino las de otra mujer, la que fue antes del miedo. Miedo a un niño de catorce años.

El portazo anunció el regreso de Teo.

—¿Estás contenta? Echaste todo a perder, mi tableta, mi vida, todo para… Para que le sirviera sus croquetas a una perra que ni siquiera las olfateó. Todo para que limpie. ¿Quieres que limpie? ¿Qué te parece así? ¿O prefieres aquí? —Teo se aferró a la escoba, como se agarra un fusil. Empujaba los restos de la tableta de un lado a otro. Cepillaba sin cesar—. ¿Estás contenta? ¿Ya?

En su estallido, golpeó el Gatorade. La bebida se mezcló con la sangre y los cristales, se fundía en un líquido oscuro y viscoso.

—Lo que faltaba. Seguro vas a decir que es mi culpa, ¿no? —Paca no lo culpó. Observaba sus manos ensangrentadas—. Vamos, dilo. Dime como soy igual que mi padre, como nunca te ayudo, como soy la causa de todos tus problemas. Dilo.

No se lo dijo, porque no lo escuchaba. Escuchaba el portazo cuando regreso, repitiéndose en bucle. Sólo se cerró una vez.

—La puerta…

Escuchó las patas pesadas al fondo del pasillo.

La sangre se diluía con el azúcar. El aroma metálico era embriagante, dulce.

—No arreglaste la puerta.

—¡Ya lo sé! No puedo hacer todo. Sólo tenías que esperar un rato, pero es imposible contigo, ¿verdad? Todo tiene que ser en el momento —los ojos amarillentos, cansados, se acercaban en silencio, al fin—. Nunca me puedes escuchar. Nunca me dejas hacer lo que me gusta. ¿Te das cuenta de cómo eres? Ni siquiera me escuchas. No me estás escuchando. Pélame. Te estoy hablando.

El aliento de la anciana se le escapaba del cuerpo. La rodeaban los cristales, la sangre, el Gatorade; el sillón empolvado y las almohadas fuera de lugar. Los oía: los gritos del nieto, el reclamo, el odio… Tuvo una vida antes de Teo, antes de Garra. Fue feliz con su marido y con su niña, sin gruñidos. Les encantaba pasar la tarde en el patio, antes de que el sol se ocultara. Sobre todo le gustaba subir a columpiarse, sentir el viento contra el rostro y arrastrando su cabello, intentar alcanzar el cielo con la punta de los pies.

Eso le gustaría: columpiarse y reír y tocar el cielo.

Pero ahora el cielo era rojo, eclipsado…

Se cubrió la cara con las manos, pero Garra atacó directo al brazo. La derribó de inmediato. Cristales se le incrustaron por todo el cráneo. Deseó que sólo doliera la primera mordida; sin embargo, su mirada le desgarró el alma, darse cuenta de que Teo la observaba desde lo alto sin hacer nada.

La vista se nubló de a poco; el cielo se eclipsó rojo, mientras creyó distinguir la sonrisa de su nieto.

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No todo lo que escribo es seda.

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