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  • Vago Flores

Fucking wetbags!

Hace unos días se anunció al nuevo presidente electo de mi país vecino.


No soy político, ni pocho, ni malinche. En general, me vale madre el Iu-es-ei; ni siquiera he renovado mi visa desde hace… ¿seis años? Ya ni sé. No me interesa viajar a ese país. ¿Consumo productos gringos? Obvio. ¿Vi las Kardashians? Por su pollo. ¿Que mi desierto es medio gabacho? Quizá… Pero, nunca he confundido la comodidad, el disfrute de comedias baratas o la confluencia cultural, con que tengo un nopal en la frente. O al menos en la lengua.


Aún así, toda la semana pasada estuve pegado al teléfono como pendejo revisando la actualización por minuto, investigando cuánto valía cada Estado, calculando las posibilidades…


Ya deja eso y vente a dormir, me decía mi Duende, mi rostro iluminado en un rincón oscuro del cuarto observaba obsesivo la pantalla. No van a estar los resultados hoy, sabía, pero aún así no podía siquiera acostarme.


¿Por qué carajo? Muy simple: necesitaba que ganara Biden.


 

No puedo olvidar cuando fui a visitar a mi familia mojada por esos rumbos. Fue un mes que lo sentí cual décadas. Mis tíos nos acogieron a mí, mi madre y a la Rata, en su casa, nos abrieron las puertas de su home y de su fridge. Pero, aunque yo era un mocoso de ¿quince?, no me iba a quedar como pendejo echado en un sillón todo el verano; mi tío me consiguió una chamba limpiando alfombras en un hotel que si estuviera en mi ciudad defectuosa, se caería no con los temblores, sino con el viento. Todos los días nos parábamos a las seis de la mañana pa’ llegar a tiempo; ahí me proveían de una cubeta con varios utensilios y una aspiradora. Veinte dólares diarios y cuatro extra por cada recámara que terminara bien; por supuesto, tenía a una supervisora que pasaba por cada cuarto y me daba un papelito con la cifra de habitaciones “aprobadas”. La mujer más blanca que he conocido, Kelly, rondaba por los pasillos supervisando a cada uno de los indocumentados que nos ganábamos el pan en ese hotel. Pero era buen pedo la Kelly. Me dejaba quedarme con cualquier libro que encontrara olvidado. Yeah, keep ‘em, honey, me confirmaba con un guiño coqueto de ojo cada que le preguntaba.


Por a’í de la segunda semana, mientras sacudía una mesita de noche, escuché un golpe adentro del cajón. Me emocionó la idea de otra novela erótica o policiaca —eran mi placer culposo de esa época—, pero al abrirlo se me cayeron los calzones. Una pinche bola de kush más grande que mi puño, envuelta en papel celofán como si la hubieran dejado hornéandose en el cajón. No sabía que se llamaba kush —eso me lo dijeron después—, pero no tenía duda de que era mota… y de la buena.


Mocoso cagado, la guardé en mi pequeña mochila y corrí con Kelly. En mi mente, me podía caer más pedo si no le decía que si le decía. La encontré en su habitual rondín del medio día y en cuanto me vio se percató, imagino que por mi cara, que algo andaba mal. Me invitó a la habitación, cerró la puerta y What’s wrong, honey.


This, le revelé la bola de mota.


Me miró un momento. Cercioró con la mirada que sí estuviera cerrada la puerta y… se cagó de la risa. Oh, honey… Give me that! De un jalón me quitó la kush y me pidió prometerle que no le diría a nadie de ella, que sería nuestro pequeño secreto. Pa’ rematar, sacó su libretita de apuntes y me dio un recibo por veinticinco habitación. Now, go on. Go, go…


Si en ese entonces hubiera sabido cuánto valía esa pinche bolita, ni de pedo aceptaba el trueque por cien dólares… pero al menos sé que Kelly no era ninguna narcotraficante. A retrospectiva me queda claro que la vieja gringa la quería para uso… recreativo.


Aún así, en ese momento me sentí sucio. No le dije ni a mi tío, ni a nadie. Quizá a algún amigo años después pa’ presumir y dármelas de malote. Pero, sí, ese día sentí que estaba mal lo que hice. Salí del hotel a esperar que mi tío acabara su turno y regresáramos a casa. Cuando salió me preguntó si estaba bien y yo callé. No hubiera pasado nada, lo sé; a lo mucho yo hubiera pagado la cena esa noche, pero preferí callar.


Subimos al carro, los dos en silencio y agarramos el freeway de regreso. Era una autopista preciosa, perdida en un bosque infinito, más extenso que el mar de mis ojos. Escuchábamos a Bon Jovi o a Van Halen o a Guns N’ Roses, que no son lo mismo para mí, pero sí para mi recuerdo. De pronto, de fondo a un riff o un solo de guitarra o un falseto de voz, escuché llantas rechinando en la carretera. Lo siguiente que sentí fue el jalón por el cinturón cuando mi tío frenó de golpe. Frente a nosotros a unos escasos centímetros de chocar, una troca llena de fratboys se vació de golpe. Eran cuatro o cinco pendejos, llenos de creatina y redbulls, posiblemente miembros del equipo local de americano, no sé.


Una amarga mezcla de ira, confusión y miedo inundó mis venas tras el primer golpe en la cajuela. Fucking wetbags!, cantaban entre risas. Nos gritaban que nos largáramos a la chingada, que éramos unos putos mojados, muertos de hambre.


Desabroché mi cinturón, pero antes de que abriera la puerta, mi tío me sostuvo con una mano. No lo vale, mijo, me dijo sin despegar la vista del camino. Pendejo lleno de testosterno que era, para mí claro que lo valía. Esos pendejos no nos van a denigrar, tío. ¿Pa’ qué? Entonces me tomó de ambos hombros y me calló con la mirada.


Si sales y te golpean, ¿qué le voy a decir a tu ‘amá? ¿A qué hospital te llevo? Y, si sales y tú les partes la madre [poco probable, no mamen], le llaman a la policía y yo y tu tía y tus primas nos la pelamos. No lo vale. Ponte el cinturón y sé paciente. Se van a cansar.


Sé paciente… Se van a cansar…

 

Se van a cansar… En efecto, se aburrieron, lanzaron un licuado a la carretera y se fueron. Pero no lo olvido. Por años, he sido paciente, he esperado que los hijos de puta de este mundo se cansen y sigan su camino. Cabrones como Trump, cabrones como los kens y las karens de este mundo. Entonces, sí, necesitaba que ganara Biden; necesitaba volver a dormir.


Puedo decir que me caga Trump tanto como me caga cualquier personaje caguengue de novela o película. No conozco al hombre, ubico al personaje que se vende en redes, al melómano, mujeriego, misógino, y sin duda me parte los güevos que existan personajes como él. Lo escribí muy claro: no soy político. Soy escritor. No sé hablar de políticas de Estado, de relaciones internacionales, de impuestos ni economía nacional… Sé de historias, mensajes y emociones, y de cómo afectan al lector o, en este caso, al ciudadano. Sé de humanidad o a eso aspiro.


A lo largo de cuatro años he visto crecer el veneno de una nación que en algún momento, nos guste o no, fue considerada la potencia mundial. Escuché promesas de una mejor economía que quedó en el viento y que también no me afecta directamente. Lloré el ataque a hermanos y desconocidos patriotas. Las brasas humanas y acogí los gritos en las sombras, aún kilómetros de distancia. Presencié, gota tras gota promiscua, cómo se derramó la humanidad gabacha.


Pero más allá de sólo un país, he leído la historia universal que cuenta que los hijos de puta, que los inhumanos son quienes ganan, que es lo que la gente quiere. Y me niego a esa retórica, me niego a seguir esperando.


Sé que Biden no cambiará el rumbo de un país, mucho menos del mundo. No es ningún salvador ni mesías; es un pendejo cualquiera. Pero, que ganara, para mí representa que los lectores de este mundo seguimos vivos, que aún queremos que cambie esta historia. Que el último capítulo aún no se escribe…

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No todo lo que escribo es seda.

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