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  • Vago Flores

GRIETA: "Hueca"

Olvidó cerrar la ventana. Molesta, la intenta cerrar de un azote. Se atora en el riel. Pasó toda la noche como presa de mosquitos. No sonó su alarma. Palpa la cama con la mano. Manuel se fue a trabajar sin despertarla.


Se levanta de mala gana; su cabeño es una maraña que le cubre hasta las nalgas. El cuerpo le incomoda, sigue entumido. Además, las picaduras le arden por todos lados. Todos. Camina hasta el baño y bebe directo del grifo. Con cuidado, se rasca la entrepierna. Primero por encima del calzón. La desesperación de una buena rascada obstruída, pronto la lleva a meter las uñas por debajo de la tela.


Su rostro se hela frente al espejo. El sudor se acumula entre la melena. Deja la mano estática en el muslo. Poco a poco, los labios se separan, mostrando un vacío oscuro y sin palabras.


“No es cierto”, se repite en la cabeza, sin atreverse a mirar. “No es cierto, no es cierto, no es cierto…”.


Al bajar la mirada, comprueba lo contrario: justo en el muslo, donde la mano descanza, encuentra una grieta. Apenas una fisura entre los músculos de la que no emerge nada. Temblando, introduce el meñique; cada vez más, se pasma por la profundidad, no tiene fin. Y arde. Arde como si deslizaran un cuchillo incinerante.


Un grito la tumba al piso. Se intenta alejar de su propia pierna. Desnuda, recorre el pasillo de vuelta a la habitación. Araña la madera, rota la cadera, tropieza con su cabello. Al chocar con una pared, consigue el valor para levantarse.


La tormenta en los ojos, la arrastran a estudiar la habitación. Encuentra su celular a un lado de la cama.


En la carrera, resbala con el pantalón de Manuel. Su pelo forma un arco en el aire, mientras cae. Todo se detiene en un golpe seco.


Aunque la luz la encandila, busca el celular a tientas, con la mano. Al palparlo, lo apresura hasta ella. Está apagado. Manuel lo desconectó otra vez.


El ardor aumenta en el interior sin fin de la grieta. Ya no puede sentir la pierna, se mantiene inerte, cual cadaver, en el piso.


Le pesa respirar. Ambas manos se tensan en muñones inservibles. Prueba la sangre por tanto morder su lengua. Los párpados tiemblan frenéticos. El sudor recorre la espalda, oculto en la cabellera.


Observa la grieta fijamente, una fisura negra, perpendicular al muslo, tan fina que es casi imperceptible. Quema.


Siente la brisa que introduce por la ventana. Voltea hacia la puerta del departamento, lejana. Después, hacia la grieta.


Inhala feroz y, con ambas manos, se aferra a los bordes de la grieta y jala, jala tanto como puede. Sostiene un aullido salvaje que resuena en las cuatro paredes. A tirones, desencaja los músculos y la piel y los nervios y los tendones que rodean el foso de su cuerpo.


Un largo grito anuncia el fin de su esfuerzo.


El viento intruso se inmiscuye al departamento y sopla los restos de lo que solía ser el cuerpo de la joven. Los mece a través de la habitación en un sutil remolino, hasta que se dispersan hechos polvo.

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No todo lo que escribo es seda.

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