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  • Vago Flores

ICEBERG: "La punta"

Es el décimo día del ABCDiario. Sólo he fallado en uno, el maldito “Fondo”. No me arrepiento, necesitaba descansar y, si la gente me lee y disfruta lo que hago, asumo que también se preocupa por mi bienestar. Asumo…


A pesar de ello, le sigo dando con ganas. Por regla personal, me prometí no adelantar ningún texto. Para mí, el reto no se trata de escribir treinta cuentos lo antes posible, sino de sentarme y lograr uno cada día, una obra, buena o mala, breve o no, me vale madres. Una obra.


Estoy consciente de que no es práctico como producto, quizá leas las últimas entradas y te parezcan peores que antes. Espero que no. Pero como ejercicio de constancia, compromiso y soltura es la mamada.


Así que a chingarle.


Muevo unas tablas del estudio. Le prometí a mi Duende —mi pareja— que las tiraría, pero no he tenido tiempo. Las acomodo junto al clóset y… ¡Pendejo! Uno de los clavos me rasguña el pulgar. Pruebo la sangre, hasta que deja de fluir. Debería, al menos, sacarle los clavos…


Ya, cabrón. Tienes que sacar el cuento.


Me siento frente a la computadora, tomo una libreta, la pluma de punta fina. Preparo la siguiente entrada: “Iceberg”.


Iceberg… Iceberg… Iceberg…


Iceberg.


ICEBERG.


ICE-BERG.


I C E B E R G.


GREBECI…


Aisber…


Quizá una canción me ayude a entrar al ambiente. Le doy play a mi última obsesión, “Career Day”. Dejo que las cuerdas de la guitarra me transporten a una calle húmeda, nublada, en una ciudad en la que nunca he estado. Escucho las gotas de lluvia chocando contra el concreto, contra mi piel. Siento el frío. “Frío”. Claro, el frío está relacionado con los icebergs. Aquí puede estar el cuento…


Una extraña obsesión se apodera de mí. Cambio de ventana en la laptop, reviso las estadísticas del blog. No va mal. Mis números continúan subiendo constantes. Aún no logro superar el record de doscientaitantas visitas en un sólo día.


Vulnerable, releo “Idiota. Cobarde. Culero.”, ¿qué fue? ¿El morbo, acaso? ¿La familiaridad con el tema? ¿El retrato de mi hermano en la portada? ¿Pena por mí? ¿La gente sintió pena y lástima por mí al creer que mi hermano es o era o será un culero…?


Me desvié. Le doy otro trago al café. Cambio de playlist. Enciendo otro cigarro. Limpio mis lentes; aún no me acostumbro. El temor de que mi flaco muera regresa. ¿Por qué lloré su muerte anoche? Está a toda madre el cabrón; lo alimentamos bien, dos paseos al día, mimos, besos, juguetes, cachetadillas…


Mort no es un iceberg, Vago. Concéntrate.


No mames, ya estoy hablando de mí en segunda persona, ‘toy cabrón. Sólo debo seguir la misma técnica que he ido trabajando por más de diez años. ¿Qué tan difícil puede ser? Quizá hasta le intrigue a los lectores, ¿no? ¿”Cómo chingados es que la escritura es un trabajo? Sólo tienen que sentarse a escribir”. Sí así de fácil fuera…


Tomo a la inspiración inmediata que me viene: Hemingway. Pongo la primera entrevista que encuentro de él en Youtube. Sus palabras son balas lentas o, más bien, parece que su cerebro recibió una bala y lo dejó lento. Es una máquina mecanográfica leyendo sus mensajes. Siempre me ha impresionado lo discordante que es con su escritura. ¿Cómo pensarán que soy mis lectores? Quizá alguien se atreva a decirme en los comentarios…


Ha pasado más de una hora, que se transcribe a unas cuantas palabras, un puñado apenas. Simples y divagantes; las mismas que acostumbro escribir, sólo en un orden distinto. Estaría bien si tuviera algo que ver con un ¡pu to AIS BER!


Empujo la laptop en la mesa. Dejo que choque contra la pared. Emputado agarro mi taza de café. Camino a la cocina. Ignoro a mi Duende. Está trabajando. Me pregunta algo, hasta que ve mi rostro. Me conoce bien, y sigue con lo suyo.


Caliento el agua en el microondas. Me recargo contra el refri. ¡Claro! Torpe por la emoción, abro la puerta del congelador, tomo la bandeja de hielos, corro de regreso al estudio. Ignoro la alarma del micro.


De madrazo, vacío la bandeja sobre una mesa. Los icebergs miniatura se esparcen sobre la madera. Lento, extasiado, ridículo, paso la palma sobre ellos. Siento el vaho elevándose. Me atrevo a tomar uno de los cubos. Lo restriego contra mi mejilla; dejo que el hielo se derrita, que entuma mis dedos, que me lleve a ese lugar. Lo suelto para enfocarme en otro.


Tímido, lo pruebo. Con la punta de la lengua, primero. El frío estremece las papilas gustativas. Lo engullo por completo y juego con él, lo empujo de un cachete a otro. Los músculos se contraen y…


Estoy todo pendejo. Leo varias veces el último párrafo. No tiene sentido. No tiene clímax. No tiene caso… Sólo estoy escribiendo por cumplir un puto reto que ni siquiera sé por qué empecé.


Me aferro a los límites de la mesa. Pateo la silla. Dejo caer ambos puños sobre el teclado. La aviento contra la pared. Escucho las teclas esparcirse. Escucho la voz preocupada de mi Duende. No quiero verla, que me consuele ni que me recuerde que “soy un chingón”, que “yo puedo”, que “no me preocupe”, que “todo va a estar bien”. Me apresuro a la puerta para ponerle el seguro y…


Piso el hielo que olvidé. Pierdo el equilibrio. Alcanzo a ver mis piernas en el aire, el techo, la lámpara, la pared. Choco contra el clóset. La punta de un iceberg… Siento el estómago helado, justo donde me atraviesa uno de los clavos de las tablas. La sangre se esparce rápido por mi playera. Se confunde con la tela negra.


Alcanzo a escuchar la puerta abrirse. Mi Duende pregunta si necesito su ayuda.

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No todo lo que escribo es seda.

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