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  • Vago Flores

La mujer que llora

Sigo pensando en esa mujer…

La vi apenas un momento, pero aún pienso en ella. Han pasado dos semanas, creo. En cuarentena es difícil mantener la noción del tiempo. Es fácil perderse en los recuerdos, recrearlos tantas veces que pierden sentido, editarlos…

Salí a pasear al Flaco. Ya era tarde, pero así lo prefiero; las probabilidades de encontrarme a alguien más son menos. Salí a pasearlo y la noche estaba tranquila. Fue antes de que llegara este golpe de calor, que me tiene bebiendo cerveza helada a las once de la noche; antes de que tuviera que estar descalzo todo el día. Esa noche llevaba botas y mis pasos retumbaban en las calles vacías.

Cuadra y media después, miré a mi alrededor y, confiado, deslicé mi cubrebocas hasta el cuello. Encendí mi cigarro y al fin pude respirar.

Mort estaba impaciente. En el siguiente árbol que llegamos, orinó como si no lo hubiera sacado en las últimas dos semanas. Evito hacer contacto visual cuando orina, pero el chorro que salía de su pene se escuchaba fuerte y claro. También sus llantos de desesperación.

—Pinche ridículo, te saqué hace unas horas —, no soy pendejo, sé que no me entiende. Pero algo ocurre cuando hablamos con los animales, creo, que te libera la mente. No juzgan, no opinan, no se burlan. Son buenos compañeros de aislamiento, sin duda.

De pronto, una brisa erizó mis brazos. Eran principios de abril, pero se sintió como brisa de invierno. Sonreí y le dije al Flaco que avanzáramos; contento, me siguió. Cada que tenía oportunidad o que yo se la daba, disfrutaba de husmear entre abustos y basura.

Al llegar a la esquina, sentí el jalón en mi hombro. Yo di vuelta para regresar al departamento, pero Mort siguió su recorrido habitual. Dos semanas y aún no se acostumbraba a la nueva ruta. Para él nada ha cambiado. A lo mucho, él si está de vacaciones. Nos tiene a mí y a mi Duende todo el día, todos los días.

Hacía tiempo no terminaba tan cansado en las noches. Cada media hora nos trae su pelota de tenis o su pato de cuerda o su mordaza y sin problemas se lo aventamos al otro lado de la estancia. Peleo con él, lo empujo y me muerde juguetón.

La mujer llora. No me quiero perder en digreciones de mi perro; estoy recordando a la mujer, por eso escribo esto. Por la mujer que lloraba. La mujer que llora.

De nuevo, estaba en la esquina y le indiqué a Mort el camino correcto. Aunque se quedó viendo hacia la avenida transversal, llena de faro y ruido y tráfico, avanzó a mi lado. Gemía ante cada rastro de otro perro: mierda, orín seco, agujeros en la tierra… A pesar de la distancia y el tiempo, entre ellos se identifican. Son sombras que dejan de sí.

Entonces, escuché el llanto de la mujer; era cadente, casi imperceptible. Busqué por encima de mi hombro, no estaba por ningún lado. Preocupado, llevé a Mort al centro de la calle y los dos contemplamos la cuadra.

Dos edificios más adelante, en el último piso, el sexto, distinguí movimiento. Un árbol me cubría el balcón, pero definitivamente había alguien ahí.

Era la mujer. Estaba a unos veinte metros y no llevaba mis lentes; aún así no me pareció mayor que yo. Su pelo brillaba plateado y su ropa era cómoda, del tipo que usas cuando no te importa lo que los demás piensan de ti. Tampoco es que se viera sucia ni güevona, sólo que se vestía para ella. En otro contexto, hubiera pareceido una mujer fuerte y chingona. En éste, llorbaba. No ruidoso ni exagerado, sólo llanto.

El primer instinto fue acercarme a su lado de la banqueta. Mort jaló emocionado. Nos detuve. Di media vuelta y continué el camino a mi departamento.

La dejé llorando sola en su balcón.

 

Al regresar a casa, mi Duende me preguntó cómo nos había ido. “Bien”, contesté sin dudar, aún con la imagen de esa mujer. Me queda claro que mentí bien; no me preguntó más del paseo. Continuamos con nuestra rutina.

Pero desde esa noche, no sé hace cuanto, no dejo de pensar en ella. No sólo en la mujer que llora, sino también en la mujer que me rompió, la que me llevó a mantener mi distancia.

Mi cuarentena no empezó con el corona. Empezó en mi último departamento. Empezó con mi vecina, con la mujer que me amenazó a muerte; la que, sonriendo, me aseguró que me haría la vida mierda.

Fue una semana después de mi cumpleaños, no lo olvido. Mi Duende había salido a pasear al Flaco y yo esperaba que llegara mi primo para celebrarme. Tocaron la puerta y abrí sonriendo. La encontré a ella. Todo pasó rápido, confuso y nebuloso. Un disparo a sangre fría —incluso al escribir ahora, las lágrimas me traicionan, de rabia, de tristeza…

Abrí la puerta y ahí estaba. Me acusó de violador, drogadicto, homosexual, degenerado… Me reí nervioso. Mi mano se mantuvo aferrada a la perilla de la puerta.

Aseguraba que me había cogido a su “huésped”. Un mocoso de unos veinte años, con el que yo sólo había tenido una conversación, una semana antes, la noche que celebré mi cumpleaños. Fue una noche lluviosa, típica de julio. En la que el cabrón se quedó afuera de su departamento, frente al mío, sin llaves y con el celular sin batería. Sentí lástima por él y le ofrecí cerveza y cargador, en mi departamento, con las otras diez personas que me celebraban. Se quedó media hora, agradeció a todos y se fue.

Él también estaba en el pasillo, unos pasos frente a ella. Su mirada se ancló al piso, sus uñas se incrustaban en las palmas, el cráneo le sangraba.

—¿Te lo quieres coger, putito? —preguntaba ella una y otra vez—. ¡Vas, pinche enfermo!

No me lo quería coger. Quería cerrar la puerta y quedarme en silencio, en mi departamento. Pero cada vez que cerraba, volvían a golpear la madera. Pateaban, arañaban, gritaban. Ningún vecino se asomó por sus ventanas.

Por suerte, recibí una llamada de mi primo: estaba en la reja esperándome. La vecina y su huésped llevaban unos quince minutos sin molestarme. Acompañado, me sentí más tranquilo. No duró mucho…

La cuarta o quinta vez que golpearon, me asomé con mi primo. Él, confiado, me sugirió dejar la puerta abierta, abrir unas cervezas y prender un cigarro. Entonces, la escuché ordenarle al chamaco:

—Patéale la basura.

Las bolsas de mierda y los cascarones de huevo se esparcieron por toda la entrada. El tambo me golpeó la rodilla.

Quizá fue la compañía, quizá fue que colmaron mi paciencia, pero no lo pensé. Salí de un salto, tomé el tambo y madreé al pendejo. Ella sólo reía a carcajadas, como maldita hiena.

Le grité a mi primo que le marcara a la policía. El chamaco rogaba para que no lo hiciéramos. Ella me retaba a hacerlo.

—¡Hola! —mi Duende regresaba de pasear a Mort. Pinche sincronización perfecta…

—Métete a la casa y enciérrate con Mort en el cuarto —nunca le había dado una orden a mi Duende. Sin palabas, entró al departamento y se escondió en la habitación a puerta cerrada.

La hiena se seguía burlando. Mi primo ya estaba en llamada con el 991. Ella, cínica, me aseguró que se encerraría en su departamento y a ver cómo la sacaba.

—¡A madrazos, hija de la chingada! —Tomé de nuevo el tambo y al fin reconocí pánico en sus ojos. La soberbia y agresividad en su mirada huyeron. Ya no era una hiena; de pronto, sólo vi a un pinche poodle indefenso.

En efecto, se encerró —el chamaco también— y la policía llegó poco después. Me aseguraron que no podían hacer más que dejar el antecedente por si algo me pasaba, pues no me había dañado físicamente.

A los dos meses nos mudamos mi Duende y yo.

 

Hoy vivo en un edificio con otros cinco departamentos, en todos son familias. Es tranquilo y seguro. Pero no he conversado con ninguno de ellos.

Como dije, mi cuarentena, mi “sana distancia”, no empezó con el coronavirus. Empezó hace casi dos años, sólo que no lo sabía. Tuve que estar frente a una mujer llorando para comprenderlo, el llanto que yo no lloré.

No me importa usar cubrebocas, mantenerme a metro y medio de los demás, lavarme las manos veintidós veces al día… Ni siquiera me importa no abrazar a los demás, besarlos, parlearlos. Me importa no conectar con la mujer que llora, con mis vecinos, con el vendedor de la tienda frente a mi departamento. Me importa que, acabando esta cuarentena, no tengo con quien salir a echar unas cervezas frías, a las once de la noche y contarle la historia de la pinche hiena.

Sólo espero que la próxima vez que escuche a una mujer llorando, mi instinto no sea regresar a casa y mantener mi distancia.

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No todo lo que escribo es seda.

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