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  • Foto del escritorVago Flores

ÑU: "La visita"

Soñaba con un campo abierto y las montañas eran archiveros de metal. Pronto me encontraba en un cañón, envuelto por los cimientos de metal. Uno a uno, los cajones gigantes se abrían y desperdigaban mares de papeleo. Una alarma estridente retumbaba entre las paredes que se cerraban, hasta que…


Desperté con el reloj frente a mí. Ya eran las 05:53. Tardísimo. Tendría que apurarme si quería hacer ejercicio, preparar el desayuno y alistarme para el trabajo. No, no me daba tiempo. El ejercicio tendría que esperar hasta en la noche.


Me levante en carreras, hacia el baño. Encendí el calentador y, mientras el agua estaba lista, decidí preparar unos huevos fritos. Dos rebanadas de jamón de pavo, tres de queso panela, exprimí dos naranjas y desayuné.


Antes de los esperado, estaba adentro de la regadera. Pude dejar que se calentara más, pero no tenía tiempo que perder, ese día tenía una presentación con el patrón. Duré toda la semana preparándome para ella. Seguro ahora sí me ganaba mi merecido ascenso. Seguro sí…


Mientra enjuagaba mi cabello con una mano, con la otra cepillaba mis dientes; al mismo tiempo, repasaba mentalmente mi discurso de más tarde.


Me paré frente al espejo. Una ligera panza se asomó sobre la toalla. No me preocuparía de ello ahora. Estaba listo. Nada me detendría. Era mi momento de brillar en la oficina.


Corrí campante hasta la recámara. Planché a vapor mi traje negro y la corbata que hacía juego con mis ojos desde la noche anterior. Estaba nervioso, seguro por eso no dormí bien. Pero ya lo pasado olvidado.


Abrí la puerta y casi se me cayó la toalla por la sorpresa. Sobre mi cama, enredado entre las sábanas, pisando mi almohada con una de sus ¿pezuñas?, estaba un… ¿Animal? Mi grito me asustó tanto como a ¿él?


Cerré la puerte tras de mí. Apoyé todo mi peso contra ésta. No podía respirar. Dejé el inhalador en la mesita de noche, no manches. ¿Qué era eso? ¿Qué había en mi cama? ¿Acaso vi cuernos?


Por un momento pensé que sólo fue mi imaginación, que era el cansancio, que sólo estaba haciendo un ridículo de lo peor. Pero, de pronto, mi alarma de las 06:15 sonó adentro.


A la bestia pareció no agradarle. Desde el pasillo escuché cómo pateó la cabecera de mi cama, corrió dentro de la pequeña habitación, derribó la alarma, creo que también la lámpara, y quizá quebró una pata de la cama. La percibí molesta, sus bufidos eran profundos y prolongados. Estaba alterada.


No tenía ni idea de qué hacer. En menos de una hora tenía que estar en la oficina, vestido y presentable, pero ¿cómo iba a entrar al cuarto sin morir en el intento?


Necesitaba ayuda, pero no podía marcarle a nadie. El celular se quedó junto con mis calzones, sobre el buró. Tampoco podía salir así, en tanates, a tocar a los departamentos de mis vecinos; me tacharían de loco y llamarían a la policía, seguro.


Lleno de temor, giré la perilla lento, muy lento, hasta que la abertura era lo suficientemente amplia para asomar la cabeza.


En el rincón contrario, estaba acostada la bestia, sobre mis sábanas. Nunca había visto algo parecido. Era una extraña mezcla entre vaca, venado y… mula, quizá. Sus cuernos se alzaban cortos a los lados del cráneo, la barba caía desde su trompa, hasta el pecho, una crin negra, muy punks, corría por todo el cuerpo. La vi más pequeña que antes, poco más larga que yo. Estaba tranquila, respiraba a un ritmo constante, cadente. No me intimidaba más. No tanto.


Sus ojos me observaron tristes y cansados. Quizá podría entrar rápido por algún cambio de ropa y salir antes de que se diera cuenta.


La bestia se movió. Del susto, caí sobre la cóxis, dejé la puerta abierta, expuesto a que me atacara. Pero sólo se acomodó sobre las patas y recargó la cabeza contra la pared. Se quedó dormida.


El momento me abrumó, como cuando vez un espacio vacío en el tráfico. Rápido, corrí para tomar lo primero que encontrara, vestirme e irme cuanto antes. Los calzones seguían en la cama; con marcas de pezuñas, pero estaban. Busqué a mi alrededor, alcancé la bolsa con el traje planchado. Di media vuelta para salir y la encontré de frente. La respiración golpeaba contra mi rostro. Descubrí que sus pupilas eran rajadas, como las de las ranas. No sé por qué me centré en ellas, en lugar de sus cuernos. No sé por qué no me moví. Tampoco sé por qué no atacó.


Sólo se quedó ahí, inmóvil, sin hacer un ruido. Yo me quedé igual. Sus cuernos se encaminaron hacia mi pecho. Lo rozaron delicado, como el tacto cariñoso de un amante, sutil. Mis manos las alcé al aire, indefenso, con el traje empaquetado sostenido en una mano. Cerré los ojos y volteé el rostro, completamente a su merced.


Acercó el hocico a mi ombligo y advertí el paso de su lengua seca. El cuerpo se me estremeció, a pesar de que intenté no moverme lo más mínimo.


Su aliento calentaba mi panza. Restregó la nariz contra ella. Antes de que me diera cuenta, todo su cráneo estaba apoyado en mí; los cuernos me envolvían sin lastimarme. Empezó a frotar insistente, pero tierno.


Aún con los ojos cerrados, bajé una de las manos; la recargué en su crin. Era áspera al tacto, pero, algo en ella me reconfortaba. Sin enterarme de en qué momento, la estaba acariciando. Lo sentí como acariciar un perro enorme.


Podía escuchar su cola agitándose por el aire. ¿Estaba contenta la bestia? Sé que yo lo estaba, que, por ese momento, no pensé ni en el trabajo, ni en vestirme, ni en la dieta, el ejercicio, los pendientes… Quería quedarme ahí, con la bestia.


Al abrir los párpados, me encontré solo en la habitación. No estaba la bestia, ni las sábanas revueltas, ni los muebles quebrados. Sólo yo y mi desnudez.


Busqué a mi alrededor, desconcertado. No estaba dormido. Mi cabello seguía mojado de la regadera. El reloj marcaba las 06:38. Tenía que marcharme, si quería llegar al trabajo a tiempo. Aún podía llegar.


En lugar de ello, solté la bolsa del traje. Desconcertado, deambulé por la casa en busca de alguna señal de que la bestia sí estuvo ahí.


No encontré nada, más que la ironía de que tenía otro traje listo en la lavandería. Lo había olvidado. Pude salir desde un principio, dejar al animal en mi habitación y seguir con mi día. Pero ya no estaba…


Corrí por el pasillo, mi toalla cayó, y desnudo llegué al comedor. Encendí mi laptop y busqué tanto animales como pude. Probé con todas las combinaciones posibles, hasta que lo encontré.


Ñu. La bestia era un ñu, un animal del sur de África. Cómo llegó a mi departamento era imposible, pero ahí estuvo, lo sé. Mi panza sigue cálida por su aliento, entre los dedos siento la grasa de su pelo.


No llegaría a la presentación, no había forma de que explicara lo que había pasado. Y no importaba, un ñu me visitó y nunca lo olvidaré.

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No todo lo que escribo es seda.

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