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  • Vago Flores

Secuestro domiciliario

Las palabras escapan de mi cabeza, siento cómo huyen de mí. Ya no quieren estar adentro.


Y no las culpo; las secuestré más de un mes, sometidas a mi merced: les escupí, me burlé de ellas, las mancillé y retorcí, pero también las acaricié…


Al menos tengo la esperanza de que hayan generado un síndrome de Estocolmo conmigo; que, después de este reto, no les quede más opción que quedarse.


Pero eso no es todo lo que estuve haciendo este mes; por eso estoy aquí. Primero, para darte un respiro de mi voz como escritor —me imagino estás hasta la madre de un cuento diario, no sé…— y, segundo, porque soy un pinche ególatra al que le encanta hablar de sí mismo. Entonces ahí te va un pequeño resumen de qué pedo conmigo, el pinche vago, y de qué se viene.


Si bien, publiqué un videillo en IG, creo que aún no domino estar frente a la cámara, como lo estoy frente al teclado.


El caso es que sí, ya se acabó el #ABCDiario, este reto masoquista en el que me propuse escribir un cuento diario EEE ilustrar una portadilla para cada uno de ellos. No sólo eso, sino que arrastré entre las patas a algunos valientes. Lo siento, Black Cherry; lo siento, Pris.


Por mi parte, no soy tan chingón como ellas, pero casi lo logré. Sólo me faltaron cinco palabras (“fondo”, “jeroglífico”, “neandertal”, la maldita “quesadilla” y “tren”), cinco palabras con tantas posibilidades, chinga’madre; no te apures, después las repondré… Justo estoy pensando en editar todos estos experimentos literarios y ofrecerte una edición CHIN GO NA de ellos, su propia antología de cuentos. “Cuentos del encierro”, ¿qué opinas? No sé, ahí me dirás qué pedo…


No me aflijo tanto de ello porque, por suerte, proyectos no faltan.


¡A güevo que no! Justo la semana pasada, oficialmente, con todo el gusto del mundo, empezamos la edición final de mi primer libro. Chí cheñó’, a finales de año, al fin podrás tener más de diez cuentos inéditos en tus manos. Obras que no he publicado antes, algunas que he trabajado tantos años, que ya hasta puedo invitarlas legalmente a pistear conmigo en un bar. Aunque aún no puedo revelarte mucho, créeme que con los días iré tentándote poco a poco… En especial a aquellas dalias y a aquellos cabrones que han confiado en mí y se suscribieron en este loco proyecto que es el blog.


Por otro lado, sigo con mis chambas como editor independiente, trabajando en proyectos her mo sos, que espero poder compartirles pronto —no por mí, sino por lo chingones que son sus creadores—, y sigo impartiendo asesorías y clases de narrativa. No me canso de decir que aprendo más yo de mis alumnos, que ellos de mí. Lo siento, cabrones…


Además, al fin regreso a una programación habitual en este blog: miércoles y domingo a un horario humano, un horario que no me mate en el intento. También estaré más activo en redes sociales, apareceré como persona que lee, come, caga y ríe; te compartiré un poco más de mí: lo que escucho, lo que disfruto, lo que me encabrona… En fin, tendrás más que sólo los escritos de este vago.


Pero, en especial, quería tomarme un momento para agradecerte, a ti, que estás sentado, en la cama, cagando…, donde sea, pero leyéndome. Mi número de seguidores se ha triplicado en menos de dos semanas. Algunos mamadores y snobs me dirán, mientras pistean una cerveza artesanal o revisan el reflejo de su celular, que seiscientos seguidores no son nada. Y yo les respondo que se pueden ir a chingar a quien quieran. Para mí, son miles de ojos que se toman un momento de su vida para dedicarlo en mi trabajo, para compartir, para ayudarme a crecer, para reír y para abrirse conmigo… Aún no puedo creer la aceptación que ha tenido esta vaga voz.


Varias veces he escrito que no escribiré más que por mí —“Promesas promesas promesas”, tuits, y algunos post que ya hasta quité de aquí—. Pues, ¡a la chingada!, eso caducó. Ahora escribo por mí y seiscientas personas más, por las que se vayan y por las que llegarán. Mis ideales siguen, pero ahora están mejor acompañados.


 

Fue un mes agotador. Le dedicaba más de cinco horas diarias a cada publicación, sin mencionar las otras responsabilidades que tengo. Mi muñeca sigue fallándome por el dolor; las ojeras, más negras que nunca por los desvelos; me despierto todas las noches rodeado de mis pesadillas; no me atrevo a abrir la mayoría de las redes sociales por miedo a encontrarme con noticias que me tumben. Porque, no me hago pendejo, la vida no gira alrededor de mis escritos ni de mí. Hay levantamientos sociales en todo el mundo, la pandemia no da tregua, mi país es un caos, mi presidente es un pendejo; la incertidumbre acecha en todas las puertas y ventanas, nos tiene secuestrados sin posibilidad de pagar rescate. Cada mañana me tengo que preguntar para qué sigo…


¿Qué motivo real tengo para levantarse?


Esta entrada es la respuesta. Cada día me siento más cerca de encontrar esa flor entre el concreto, esa luz escondida entre escombros, el duende en mi poesía. Me levanto porque el dolor y la tristeza me recuerdan que hay algo más, que las palabras no son lo único que puedo secuestrar; me aferro a todo lo chingón que me rodea y no lo dejaré escapar. Agradezco que mi gente está sana, con trabajo y estabilidad; porque, con lo poco que tengo y que estoy generando, tengo la posibilidad de apoyar a otras personas.


Me levanto porque estoy secuestrado, pero no vencido. ¿Y tú? ¿Por qué te levantas?

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No todo lo que escribo es seda.

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