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  • Vago Flores

UNGÜENTO: "Alicia"

Más te vale que corras, aunque tus piernas pesen, aunque tu aliento falle, aunque el amor sea lo único que te impulse.


Ella te necesita, está sufriendo. Piensa en su dolor, en sus manos aturdidas, en la impotencia. ¿Qué tanto es una carrera entre la multitud, en este mercado, con tal de conseguir la crema? Tú mismo escuchaste a los doctores: si no la compras cuanto antes…


Te inmiscuyes torpe entre la gente. Crees estar cerca, piensas en tu pasado, en cuando podías recorrer cualquier mercado, explanada, banqueta como si nada. La gente se quitaba de tu paso, intimidada. Alicia se aferraba a ti y tú te pavoneabas cual rey que eras.


Aún se quitan, pero con lástima y condescendencia. No eres más que un anciano olvidado por tu familia. Te queda Alicia y los cuarenta pesos para su crema.


Sabes que estás cerca, hueles los perfumes herbales y el clamor se tranquiliza. Tomas el pedazo de papel que guardas en el bolsillo, rectificas el nombre de la pomada y las indicaciones para llegar al local.


Estás ahí. El aroma te sofoca, pero no te atreves a dar paso atrás. Te aferras al bastón, mientras una cliente platica con el encargado detrás del mostrador. La hija de la señora, que ahora sabes se llama Catalina, se ha sentido muy mal, ya sabes, con la pubertad y… esos días, en quedito… pero, al menos, pronto le celebrarán su quinceañera y el vestido les está quedando precioso. Además, la tía Berta ya anda en las últimas, pobrecita, pero los tecitos le han salvado la vida, bendito Dios, sobre todo desde que el tío Paco la abandonó por otra, la del burdel de la esquina, la muy zorra, pero qué se le va a hacer si así son los muy perros, ¿verdad?


Tu Alicia está peor, no lo entienden. Tu Alicia no tiene tiempo para fiestas ni infidelidades. Necesita sus remedios, necesita la pomada.


Azotas el bastón como Moisés, esperando que la corriente se abra a tu paso. Sólo te voltean a ver un momento, molestos, y continúan con la conversación.


—Ya estuvo, ¿no? —arrastras las palabras al ritmo de tu paso. Te entrometes y estampas el papel con la receta contra el mostrador.


El dependiente te observa molesto, pero es la señora quien interviene. Con la mirada fija en ti, juzgándote, le pide al vendedor que le dé su encargo ya para irse, pues no va a andar aguantando a viejos maleduacados.


—Pues, como va, señora —le gruñes huraño.


Catalina y el vendedor comparten una mirada hastiada, pero deciden ignorarte, pobres diablos. La mujer recibe su paquete en bolsa de plástico y se marcha, no sin antes refunfuñar a tu lado. Qué modales.


—¿Qué quiere, pues? —sin bajar el rostro, le acercas más el papel a ese vendedor gordo, al otro extremo del cristal. Él lo toma retador y lo lee pendenciero. Se ríe a los cuatro vientos, palmea su barriga, la saliva sale propulsada entre sus regordetes labios. Necesita apoyarse contra el mostrador para no caer.


En silencio, te acercas más. Sostienes firme la cabeza de tu bastón. Imaginas lo fácil que sería levantarlo y, como guillotina, dejarlo caer contra la nuca de ese hombre obeso, sin sentido del humor, sin sentido del servilismo.


—No, mi jefe —el vendedor escupe la frase entrecortada, intentando no ahogarse—, ¿cómo le explico que la última, se la acaba de llevar Doña Catalina?


De un manotazo le arrebatas el papel y te apresuras fuera del local. Alejas de tu rostro las hierbas que cuelgan entre los alambres y gritas tan fuerte como tus cansados pulmones te lo permiten.


—¡Señora! —te encaminas entre la gente, sin saber a dónde dirigirte. Empujas a todos, sueltas bastonazos, pateas obstáculos—. ¡Catalina!


Arrastras tu pierna, carajo, no responden tus articulaciones, tus movimientos, en quién te has convertido, cómo es que Alicia terminó con un hombre tan débil, qué culpa tiene ella.


—¡Señora! —exhalas con tu último aliento. El bastón se atora en una grieta del concreto. Caes con él.


—Ay, viejo, cuidado —te interrumpe la voz que ayuda a levantarte, inútil—. ¿Está bien? —Elevas el rostro y te encandila un tragaluz del mercado. Cuando al fin enfocas la figura frente a ti, distingues a la mismísima Catalina. Te pregunta por tu escándalo, pero no tienes tiempo que perder. Balbuceas que necesitas la crema, ¡el ungüento! Es para tu esposa, le urge, por favor. Por favor, Catalina, por favor…


La mujer te observa con lástima. ¿Cómo se va a negar ante la petición de un hombre deplorabe? Busca el paquete dentro de su bolsa, preocupada, y te lo entrega, no sin antes encomendarte a Dios. ¡Qué va! Ese dios nunca se apiadó de ti ni de tu Alicia, pero callas y agradeces entre lágrimas que te queman; te quema admitir tu debilidad.


Te aferras al frasquito con la crema y lees la etiqueta. Te espera un largo camino de regreso.


 

El sol se oculta. El viento ruge frío, arrastra la hojarazca.


Al fin llegaste. Ya era hora. Cae tu bastón en la entrada, te apoyas de la pared. Un paso firme tras otro, te encaminas hacia la recámara.


—Alicia, querida —anuncias al abrir la puerta—. ¿Cómo vas, cielo?


Tu Alicia descansa plácida entre las sábanas y las cobijas. Hace días no la encontrabas en paz.


—Sí te conseguí la crema que nos dijo el doc, mi cielo —te acercas sigiloso a los pies de la cama. Te duele tener que despertarla, pero es necesario. Con dos dedos, dibujas el camino a lo largo de sus piernas. Corretean coquetos mientras te ríes de lo flojita que es tu Alicia, de lo soñadora que siempre fue.


—Mi cielo —le cantas al oído—. Abre tus dos zafiros, mi vida.


No los abre. Ni respira. Ni es tu vida. Ya no más.


La ruptura en tu pecho truena más fuerte que el cielo y sus trompetas. El rugido desamparado quebraría tempestades, las sentenciaría a llorar tus penas y tu olvido. Azotas los pies con la firmeza de los cuatro vientos y la ferocidad de mil bestias. Pero nada de ello la traerá de vuelta. Ahora eres un viudo que no puede más que pedir perdón por no haber estado ahí, un hombre que implora a la vida y a la muerte, que llora cual infante, pero maldice como sabio. Eres uno, cuando antes eran dos.


No tienes fuerza ni voluntad, más que para abrir el recipiente que se oculta entre tus manos. Metes dos débiles dedos y te untas el ungüento hasta calentarlo. Con cuidado, descubres a tu Alicia del cobijo. Encuentras sus manos amoratadas, sus bellas y delicadas manos, las que te consolaron y te cachetearon, las que te acariciaron tantos años, las que ya no son. Te aprehendes de ellas. El ungüento se diluye con tus lágrimas, pero te aseguras de recubrir cada rincón de su delicada piel.


Con el alma fuera, preguntas si ha dejado de doler.

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No todo lo que escribo es seda.

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