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  • Vago Flores

VIVISECCIÓN: "Nervios"

Los gemidos entrecortados retumban entre las paredes de la habitación; tajan el silencio momentáneo que se arrastra por el suelo, que implora ser rescatado. La oscuridad no permite apreciar nada alrededor, cobija los movimientos desesperados de la joven. El sudor se empaña a lo largo de su cuerpo, hiede a miedo y resignación.


Una puerta al lado contrario se abre e ilumina con un velo de breve esperanza. Es él. La joven lo reconoce de la noche anterior. Le duele la cabeza sólo de intentar pensar en los detalles; cree recordar una voz tersa, ojos cariñosos y profundos, una caricia…


El estruendo metálico la regresa a su momento.


—Perdón, no quería despertarte —el hombre se disculpa con las manos. Torpe se agacha para recoger una serie de instrumentos quirúrgicos, pero los deja para acomodarse los lentes—. Perdón, en serio. Es- Es mi primera vez.


Confundida, la joven estudia su entorno. Intenta cubrirse de la luminiscencia, pero las ataduras en las articulaciones se lo impiden. Los músculos del cuello se tensan mientras grita; la tela dentro de la boca enmudece sus aullidos.


El hombre al fin levanta todo y se encamina hasta un rincón sin luz.


—Qué desastre. Tienes que empezar a planear mejor, Federico, de veras —se dice a sí.


“Federico”, el nombre le suena a la joven… Así se presentó en el bar, está segura.


—Espero no te haya dejado esperando mucho tiempo. ¿Tienes sed? ¿Cassandra”, verdad? ¿Te molesta que te diga “Cass”? ¿Tienes sed, Cass?


Cass contiene todo movimiento mientras Federico se apresura hasta otro extremo de la habitación y abre un grifo.


—Idiota, la luz —se cierra la llave del agua y se escuchan sus pasos de regreso hasta la entrada. Tras oír el chasquido de un interruptor, varias bombillas a través de la habitación parpadean, hasta estabilizarse en luz blanca.


Al fin ve a Federico. No es un hombre, sino un niño. Quizá de veinte años, piensa. Le extraña toda su esencia: los escuálidos brazos, la cara rechoncha, la carencia absoluta de vello en todo el cuerpo…


—¿Cass? —Le sorprende el vaso de agua frente a ella, casi chocando con su cara


—Tonto, tonto, tonto… —Federico se reprocha con débiles golpes en la frente; se detiene sólo para quitarle la mordaza a Cass—. Mejor, ¿no? Bebe, bebe…


Cass se atraganta de aire antes. Deja que sus pulmones se llenen de cuánto oxígeno les entre; se marea. Sin darse cuenta, Federico acerca el vaso hasta los labios de la joven y le deja caer el agua a lo largo de la barbilla, hasta la blusa.


El vaso se estrella a los pies de Cassandra, el agua se desparrama por todos lados como fuegos artificiales.


La mirada de Federico se pierde en el espacio, atónita. Su quijada se retuerce de un lado a otro, desencajada. Los hombros truenan en cada espasmo. La sangre le hierve y se inyecta en los ojos.


Absorto en sus pensamientos, le da la espalda a Cass, la deja sola entre los fragmentos de cristal y el agua. Se repite que debe calmarse, que ya lo habían hablando, que sabe qué hacer, mientras mueve las manos de arriba a abajo, respirando.


—¡No! —El hombre explota contra sí. Se cachetea en cada mejilla y reedescubre a Cass. Sus expresiones dulces quedaron sepultadas en rasgos afilados, la observan, la analizan; deja de perder el tiempo.


Impulsivo, regresa hasta la mesa de herramientas. Decidido, toma un bisturí. Sobrio, lo empuña contra la luz para cerciorarse de que esté impecable.


La joven se retuerce en el asiento. Se estira para morder las ataduras, pero le es imposible acercarse lo suficiente. Percibe la sombra proyectada sobre ella. Cierra los ojos y se rinde…


Se liberan las cuerdas que la mantenían en el asiento.


—Vete.


Desde lo alto, el hombre la contempla sin expresión.


Cassandra ve la oportunidad perfecta, se aferra al fragmento de cristal que escondió con el pie un momento antes, se levanta y…


Federico taja de un movimiento el cuello de la joven. Cae inerte contra el asiento. Un estremecimiento recorre la piel lampiña del hombre, sonríe. Fascinado con la escena, se nivela a la altura del cadaver. Acerca el bisturí a la yugular hasta que queda empapado en sangre y la saborea.

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No todo lo que escribo es seda.

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