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  • Vago Flores

YUGULAR: "Dos metros bajo tierra"

Escucho, cual murmullo ajeno, su petición para que abra los ojos, pero de nada sirve, aún estoy vendada. Da lo mismo.


—Aún tengo la venda —le digo. Serio se disculpa y me quita el pedazo de tela que rodea mi rostro. La caricia ajena de la seda, estremece mi piel. Es lo único que me ha estremecido estos días, desde mi conversión. Incluso hoy siento la cabeza aún ligera, mis pensamientos dispersos, el cuerpo débil…


—Sorpresa —Fer se postra frente a mí, presentando una vieja mazmorra. Sus labios se tuercen en una expresión similar a una sonrisa. Me da asco. Telarañas reposan en varios rincones a su alrededor; ante la luz de velas, se ilumina la habitación, se proyectan sombras duras y danzantes; todos los muebles, o lo que creo que son muebles, están cubiertos de sábanas sucias y viejas; el polvo se adhiere a las fosas nasales; la humedad es pesada, bochornosa. Estamos bajo tierra—. Espero que sea de tu agrado.


No lo es. No entiendo por qué me trajo aquí.


—No lo es. No entiendo por qué me trajiste aquí —su profunda mirada me analiza de cabeza a pies. Algún proceso se concentra en su mente. Me aburre verlo pensar. Estoy por dejarlo ahí, solo, cuando me toma del brazo. Me es imposible liberarme de su agarre, incluso ahora.


—Espera —me pide—, te lo pido. No te vayas aún.


En un parpadeo, destapa todos los objetos cubiertos por sábanas. La mayoría son aparatos de tortura: potros; aplastapulgares; peras vaginales, orales, anales…; una cuna de Judas; múltiples doncellas de hierro, pero demasiado oxidadas para tener el efecto ideal; obviamente, una sierra al centro de la habitación; también veo unos cuantos aplastacabezas en un rincón, y, en el opuesto, una cama sepultada en pétalos rojos.


—¿Qué es eso? —apunto con el dedo.


—Es una cama de pétalos. Para nuestra primera vez. ¿No te gusta?


—No —intentaría marcharme de nuevo, pero aún me aferra del brazo.


—Espera. No es todo —sólo espero porque no tengo opción. Su fuerza es superior a la mía. Es lógico; es más viejo. Pero, entonces, justo en este momento, me suelta.


Aunque ya no me agarra, no me voy. Estoy intrigada. Muy. Lo veo caminar con los brazos extendidos, abriendo su gabardina, revelando su pálido cuerpo. Es la primera vez que veo su piel. He visto mejores. Me iré.


—Me voy.


—No. Mira —con las uñas filosas me demarca su innerte yugular.


—Es una yugular. Ya vi.


—Pero no sólo veas. Es momento. Es momento de que te alimentes.


Mi quijada se cae. Creo que mis colmillos se expanden. No estoy segura. Mi corazón vuelve a bombear aire.


—No estoy lista.


—Nunca se está. Es mi regalo. Para ti.


No estoy segura. En estas semanas no me he expuesto a la sangre. He escuchado las leyendas, no soy idiota ni iletrada. He escuchado de los vampiros neófitos que se pierden en la pasión, en la gula al probar sangre por primera vez. Nunca vuelven a ser tan animados, alegres y civilizados como yo lo soy. En especial ahora. Tampoco podría perdonarme si me descontrolo contra Fer. Maldito ser despreciable, lo amo demasiado.


—Que no estoy lista. No quiero. Te amo demasiado.


—Tarde o temprano tienes que hacerlo. Alimentarte. No, no tarde, “ahora”.


—Que te amo, idiota.


Tieso, se acerca hasta mí. Me toma las manos. Me lastima.


—Y yo a ti, Sandra. Por eso, te ofrezco mi sangre —con mesura se acerca hasta mí, lento, hermosamente aborrecible, y lame mi rostro, mejillas, párpados, hasta el nacimiento de mi cabello—, porque te amo, Sandra.


Antes de que repita que no quiero su sangre, por tercera vez, Fer da un paso atrás. Expone su larga y asquerosa uña y…


… raja su cuello. Justo en la yugular.


La pútrida sangre fluye espesa, deliciosa. En su cuerpo viscoso reconozco la oscuridad de la que surgí, me veo a mí, a mis ancestros, nuestra naturaleza y nuestro propósito. Nerviosa, busco la mirada de Fer; me alienta a que avance. Mi cuerpo me incita a lo mismo. Sólo mi corazón seco me grita que no lo haga, que no debo. Pero es muy débil.


Abro mi boca y desgarro los músculos de mis mejillas. Me atraganto de la repugnante sangre de Fer. El sabor a carne putrefacta aborda todo mi cuerpo, me embriaga hasta que la mazmorra no es más que manchas a mi alrededor, hasta que mis extremidades flotan, yo floto, me pierdo en la inmensidad del universo. No me importa sentir las palmadas de Fer, ni sus gritos para que pare, porque ya no hay un ahora ni un después, no hay forma de parar el continuo e infinito presente, así como no hay forma de que la sangre deje de fl…


Succiono con todo mi aliento, pero mi boca está vacía. Consternada, me alejo de Fer y éste cae rendido sobre el suelo. Lo vacié, a él que me ofreció su sangre, que lo hizo porque me amaba, a ese maldito ser despreciable al que yo tanto amo…


Se lo advertí. No soy idiota.

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No todo lo que escribo es seda.

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